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Un creador de contenido de 22 años acabó acusado en Florida por un caso que retrata la cara más cruda de la búsqueda de vídeos para YouTube. La policía de una universidad lo señala por perseguir y agredir a un estudiante autista dentro del campus.
Jack Tyler Laroche, identificado en la causa como creador de contenido, habría llegado al recinto con una idea muy concreta. Ante los agentes, reconoció que acudió al campus para grabar vídeos para YouTube después de mentir sobre su identidad y presentarse como estudiante.
La grabación acabó, según la policía, dentro de un baño del campus
Según el informe policial, Laroche persiguió al estudiante hasta un baño y entró en su cubículo. Allí le exigió su número de teléfono, le sujetó por el cuello y le golpeó la cara con los dedos.
El parte añade un efecto muy tangible de esa agresión porque las gafas de la víctima acabaron rotas y aparecieron abrasiones en la nariz, además de inflamación en las mejillas. Ya no se trata de una broma pesada mal entendida, sino de una acusación penal con lesiones descritas por la policía.
Después, siempre según ese mismo informe, obligó al estudiante a programar un temporizador de 10 minutos. También le advirtió de que volvería a por él si salía del baño antes de que terminara el tiempo.
La versión del acusado choca con un relato policial lleno de detalle
Más tarde, Laroche dijo a la policía que solo estaba "haciendo el tonto" y negó haber tenido contacto con el estudiante. Esa explicación convive con un informe que describe una secuencia física concreta, un encierro temporal y daños visibles en la víctima.
Ahí aparece la contradicción central del caso. Por un lado, el acusado admite que fue al campus para grabar contenido; por otro, rechaza el contacto con el estudiante pese a que la denuncia recoge un forcejeo, un golpe en la cara y unas gafas rotas.
Los cargos elevan mucho el riesgo penal para un vídeo pensado para internet
Ahora afronta tres cargos concretos por abuso de un adulto con discapacidad sin causar lesiones graves, privación ilegal de libertad y proporcionar una identificación falsa a las autoridades. No es una discusión menor sobre límites del contenido online, sino una causa penal con varias acusaciones acumuladas.
Si un tribunal lo condena por los tres delitos y aplica las penas máximas de forma consecutiva, podría enfrentarse a hasta 11 años de prisión por el conjunto de los cargos. La cifra sitúa el caso en una escala muy distinta a la de una simple mala decisión para ganar visitas.
Al final, el dato que más pesa no está en el canal de YouTube ni en la coartada del "haciendo el tonto". Está en esos 10 minutos marcados por un temporizador dentro de un baño y en unas gafas rotas que convierten la escena en algo mucho más concreto que una supuesta broma.