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La pelea ya no gira solo alrededor de un plato de pasta o de una mesa bien iluminada. En algunos restaurantes, el foco está puesto en quién entra, cómo graba y qué ocurre cuando una cena acaba convertida en contenido.
Pastifizzio, un nuevo restaurante de Valladolid que abrirá el 12 de agosto, ha decidido marcar esa línea antes incluso de arrancar. En Instagram anunció que no intercambia comida por publicaciones u opiniones, una respuesta directa a las propuestas que ya había recibido para invitar a creadores a cambio de reels, historias o reseñas.
"Ya hemos recibido varias propuestas para venir invitados a cambio de publicar reels, historias o reseñas. Nos encanta que queráis venir, conocernos y compartir vuestra experiencia. De verdad. Pero creemos que una reseña tiene más valor cuando nace de forma libre, sin una invitación de por medio. Por eso no intercambiamos comida por publicaciones u opiniones" - responsables de Pastifizzio
El matiz importa porque el local no cierra la puerta a colaborar con creadores. Su planteamiento distingue entre una reseña y una campaña publicitaria, y deja claro que cualquier trabajo conjunto deberá ser acordado, transparente e identificado como publicidad.
Ahí aparece una tensión que cada vez pesa más en hostelería. La recomendación pierde valor cuando nace condicionada por una invitación previa, pero al mismo tiempo muchos clientes llegan a los restaurantes después de ver vídeos, fotos y opiniones en redes.
Mapi Hermida, responsable del perfil La Gastrónoma, sostiene que estos carteles ya no son un caso aislado y que la práctica empieza a verse en más restaurantes dentro y fuera de España. También cita otro ejemplo claro, el del Guachinche Casa Aguere, en Tenerife, que ha vetado la entrada a influencers.
"Saturación de propuestas de intercambio y del 'todo gratis', interrupciones durante el servicio por el uso de focos o aros de luz y platos que se enfrían en la mesa mientras se busca la toma perfecta, desvirtuando la experiencia gastronómica. Y es que, no nos engañemos, en muchas ocasiones llegamos a ralentizar el servicio, romper la intimidad de otros clientes o molestar a las mesas de al lado con tal de sacar los mejores planos de los platos" - Mapi Hermida, responsable del perfil La Gastrónoma
La escena resulta fácil de reconocer para cualquiera que haya comido cerca de una mesa entregada al trípode, al flash o a la toma número quince. No se trata solo de estética para redes, también cambia el ritmo del comedor y la experiencia de quienes fueron a cenar, no a aparecer de fondo en un vídeo.
Hermida, que además se presenta como periodista especializada en gastronomía, introduce otra duda menos vistosa pero más delicada. Si la etiqueta influencer sirve para justificar un veto, entonces toca definir quién entra ahí y quién no.
"Como periodista especializada en gastronomía, veo aquí una frontera delgadísima. ¿Qué se considera influencer?, ¿cómo vetarlos?, ¿pagamos justos por pecadores?" - Mapi Hermida, responsable del perfil La Gastrónoma
Juanjo López Bedmar, artífice de La Tasquita de Enfrente en Madrid, se mueve en una posición parecida, aunque con otro tono. No compra la palabra prohibir y prefiere llevar la discusión al terreno de la profesionalidad y del comportamiento dentro de la sala.
Para López Bedmar, cada propietario debe decidir a quién reconoce como influencer y si esa persona va a aportar algo real. También describe ciertos gestos como una “absoluta ordinariez y falta de modales” y considera que grabar en el comedor con un gran despliegue de medios “es un horror”.
Su crítica no apunta solo al intercambio gratis por visibilidad. Cuando afirma que a quienes le escriben para pedir una invitación a cambio de un comentario ni siquiera les contesta, deja ver el cansancio de parte del sector con una fórmula que durante años se normalizó.
Ahora bien, el debate cambia de plano cuando pasa del enfado del hostelero a la legalidad. Borja Adsuara, abogado experto en Derecho Digital, sostiene que no es legal prohibir la entrada a los influencers como colectivo, entre otras cosas porque no existe un carné que los identifique y porque hoy muchos usuarios hacen fotos o vídeos.
El jurista compara esa medida con impedir el acceso a periodistas gastronómicos y advierte de que una prohibición dirigida a ese grupo iría contra el artículo 14 de la Constitución. Su lectura no elimina el margen de actuación del restaurante, pero sí le pone límites.
Lo que sí puede hacer un local es invitar a marcharse al comensal que moleste al resto o altere el desarrollo normal de la actividad. En Madrid, además, el derecho de admisión está regulado en el artículo 24.2 de la Ley de Espectáculos Públicos y Actividades Recreativas.
Antonio Benítez Ostos, socio director de Administrativando Abogados, recuerda que el titular de un establecimiento abierto al público desarrolla una actividad amparada por la libertad de empresa del artículo 38 de la Constitución. Esa protección convive con otra frontera igual de clara, la de no convertir una categoría difusa como influencer en motivo general de exclusión.
Al final, la discusión no enfrenta solo a restaurantes e internet. En la misma mesa chocan una invitación gratis, una reseña que pretende parecer espontánea y un comedor donde un plato puede enfriarse mientras alguien busca la toma perfecta.