Hace no tanto, crear un influencer virtual convincente exigía presupuesto, estudio y un equipo técnico. Ahora basta con combinar herramientas de Google, OpenAI, HeyGen y ElevenLabs para levantar un avatar con voz y gestos realistas por muy poco dinero. Ahí está la grieta que explica por qué este negocio ya mueve 10.000 millones de euros y podría superar los 50.000 millones en 2030.
El atractivo es evidente para marcas, agencias y operadores políticos. Un personaje sintético no envejece, no improvisa y tampoco reclama condiciones, pero esa misma ventaja abre un terreno donde la identidad, la manipulación y la opacidad pesan tanto como la eficiencia.
Las cuentas nacen baratas y desaparecen igual de rápido
Emily Pellegrini llegó a convertirse en uno de los nombres más visibles de esta nueva hornada de perfiles artificiales. Su cuenta terminó eliminada, un desenlace que retrata bien la fragilidad de un modelo capaz de captar atención a gran velocidad y perderla del mismo modo.
Detrás de Emily Pellegrini estaba Professor EP, un creador que venía de gestionar cuentas en OnlyFans. Para entrenar sus modelos de IA utilizaba contenido licenciado de personas reales, una práctica que acerca estos proyectos a una zona donde la apariencia comercial y la procedencia del material importan tanto como el resultado final.
No es un caso aislado. Jessica Foster, influencer virtual vinculada a la defensa del movimiento MAGA en Estados Unidos, también ha desaparecido.
La política encontró un atajo en los avatares generados por IA
El salto de la publicidad al activismo era cuestión de tiempo. Cuando un personaje digital puede hablar con naturalidad, mirar a cámara y publicar sin descanso, también puede servir como altavoz ideológico con una estética diseñada para maximizar afinidad y reducir fricción.
En Reino Unido apareció Danny Bones, un rapero virtual de extrema derecha financiado por partidos políticos. El dato no solo amplía el campo de juego de estos avatares, también deja claro que la conversación ya no va solo de marketing o entretenimiento.
Para el usuario común, el problema no siempre está en distinguir una imagen falsa. El problema real aparece cuando la cuenta entera transmite autenticidad humana, aunque la plataforma solo marque publicaciones concretas como generadas por IA.
Las plataformas etiquetan piezas sueltas pero no siempre aclaran quién está detrás
Ese matiz cambia mucho la experiencia de uso. Un aviso en una publicación puede pasar desapercibido, mientras el perfil completo sigue presentándose como si hubiera una persona al otro lado con opiniones, gustos y biografía propia.
Ahí está una de las tensiones más delicadas de este mercado, porque las redes sociales etiquetan contenido generado por IA en publicaciones individuales, pero no en la cuenta completa. Para cualquiera que se cruce con el perfil fuera de contexto, la frontera entre personaje y persona queda bastante más borrosa.
The Clueless, agencia española, ya gestiona una cartera de influencers sintéticos. El dato ayuda a entender que esto no pertenece a un laboratorio remoto ni a una rareza de internet, sino a una actividad comercial que ya opera con estructura, clientes y catálogo.
Europa prepara una regla básica que hasta ahora no estaba garantizada
La Unión Europea quiere atacar precisamente esa falta de contexto. La Ley de Inteligencia Artificial establecerá una obligación de transparencia para indicar cuándo un contenido ha sido manipulado o generado por IA.
No resuelve por sí sola el problema de fondo, pero introduce un mínimo exigible en un terreno donde hoy crear un avatar cuesta poco, circular resulta sencillo y desaparecer tampoco parece especialmente difícil. Entre un mercado que aspira a quintuplicarse y cuentas que aparecen y se esfuman, la palabra decisiva acaba siendo transparencia.