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Hay debates sobre educación que ya no caben solo dentro del aula. Jordi Martí, profesor, ha puesto el foco en uno especialmente incómodo, el tirón que ejercen los ingresos rápidos en redes sociales sobre parte del alumnado y el papel de algunos docentes que convierten su presencia en clase en escaparate personal.
Su reflexión apunta a una mezcla de aspiración digital, fama exprés y descrédito del estudio sostenido. En ese cruce aparecen jóvenes que fantasean con dejar los libros para vivir de internet y profesores que, en lugar de frenar esa idea, la alimentan con su propio ejemplo.
Jordi Martí carga contra quienes convierten el aula en escaparate
Martí sitúa en el mismo plano dos conductas que, a su juicio, erosionan la autoridad educativa. Por un lado, el deseo de hacerse influencer como vía de salida rápida. Por otro, docentes que usan el instituto para impulsar negocios privados o reforzar su imagen en plataformas sociales.
"De usar el aula como trampolín a forrarse en OnlyFans o TikTok. Hoy toca escribir contra los influencers, pero también contra la plaga de docentes que usan el aula para montarse el negocio" - Jordi Martí, profesor
La crítica no se queda en una objeción moral genérica. Lo que plantea es una escena muy concreta, la del centro educativo convertido en plató, escaparate o pasarela de promoción personal, justo en un momento en que muchos estudiantes ya miran el móvil como una posible fuente de ingresos.
Ahí entra también el ejemplo del dinero fácil que circula con fuerza en el imaginario adolescente. Martí menciona a streamers que ganan 40.000 euros al mes por jugar a la consola, una cifra que ayuda a entender por qué el esfuerzo largo de los estudios pierde atractivo frente a la promesa de recompensa inmediata.
El imán de los 40.000 euros al mes altera la percepción del esfuerzo
No hace falta que esa cifra sea común para que haga daño. Basta con que circule, que se comente y que parezca alcanzable para que cambie la conversación entre estudiantes que comparan años de formación con ingresos mensuales que internet exhibe como si fueran normales.
Martí también dirige su reproche a escenas que, en su opinión, resultan todavía más corrosivas cuando ocurren cerca del alumnado.
"Pero lo peor es cuando ve a sus propios docentes grabando TikToks en el instituto o vendiendo humo en Instagram para salir corriendo del aula" - Jordi Martí, profesor
La imagen que describe no habla solo de redes sociales. Habla de autoridad, de ejemplo y de credibilidad. Si quien enseña transmite que la salida deseable está fuera de clase y además la monetiza en público, el mensaje sobre el valor del aprendizaje queda tocado en su base.
Después lleva esa crítica a casos todavía más concretos. Cita a una docente que dejó el centro para ganar dinero en OnlyFans y presumir de ingresos equivalentes al sueldo de toda una vida como profesora, y a un maestro supuestamente expulsado por exponer a sus alumnos que ahora vive del morbo, los viajes y los outfits.
La crítica gana dureza cuando el referente sale del propio centro
En ese punto, el debate deja de ser una discusión abstracta sobre plataformas y pasa a algo más reconocible para cualquier familia o docente. El problema aparece cuando el ejemplo cercano compite con la cultura del esfuerzo y convierte la notoriedad digital en atajo deseable.
Martí reserva su frase más severa para el efecto que atribuye a esa lógica sobre los jóvenes. No pone el acento en las pocas historias que triunfan, sino en la masa que queda detrás, atraída por una promesa que rara vez se cumple.
"Lo perverso es la estafa masiva. Por cada perfil que lo rompe en redes, hay 100.000 chavales condenados al analfabetismo funcional por haber creído que el rigor y la cultura eran una pérdida de tiempo" - Jordi Martí, profesor
La proporción que menciona es la clave de su argumento. Por cada perfil que lo rompe, Martí sitúa a 100.000 chavales en el lado de la frustración, no en el del éxito, y ahí desplaza la conversación desde el brillo de unos pocos hacia el coste que pagan muchos.
Su cierre tampoco reparte la responsabilidad solo entre creadores de contenido o profesores concretos. Martí termina señalando que los culpables, aunque no queramos reconocerlo, somos todos, una frase que endurece aún más un diagnóstico donde el aula, las redes y la idea de dinero rápido ya aparecen mezcladas.