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Comprar una casa y enseñarla en redes parece, a primera vista, uno de esos anuncios que piden aplauso automático. En el caso de Sandra Ruiz, influencer jerezana, la noticia ha abierto otra conversación mucho menos cómoda sobre quién puede acceder hoy a una vivienda y por qué ese gesto se vive casi como una rareza.
Ruiz no ha presentado la compra como una postal idílica. La vivienda es antigua, necesita reformas y el propio vídeo con el que la mostró deja imágenes poco amables, desde una cocina dañada por la explosión de una bombona hasta un sótano sin escaleras.
Ahí está parte del interés del caso, porque la celebración convive con una idea incómoda para su generación. Ruiz sostiene que buena parte de su entorno ni siquiera se plantea comprar una vivienda, aun haciendo las cosas igual de bien o mejor que ella.
"Mientras yo puedo contaros esto, la mayor parte de mi círculo, haciendo las cosas igual de bien o mejor que yo, ni siquiera se plantean comprar una vivienda" - Sandra Ruiz, influencer
La creadora también ha querido separar su experiencia individual del problema general. En sus mensajes insiste en que acceder a una casa no debería sentirse como un privilegio extraordinario, sino como un derecho garantizado.
Después llegó la reacción en Twitter, con un hilo crítico hacia los influencers jóvenes que publican este tipo de fotos mientras, como escribió un usuario, gran parte de España no cree que vaya a poder permitirse una casa en su vida. Más tarde, ese mismo usuario limitó el acceso a su cuenta.
No toda la conversación fue en la misma dirección. Otro usuario preguntó si Ruiz debía dejar de celebrar sus logros porque a alguien pudiera sentarle mal, mientras una tercera persona la felicitó y lamentó que acceder a un derecho básico obligue a sentirse privilegiada.
La compra desató un debate que va mucho más allá de una influencer
El cruce de mensajes acabó retratando dos malestares distintos. Por un lado, la irritación que provoca ver viviendas convertidas en contenido aspiracional. Por otro, la idea de que el enfado no debería dirigirse a quien compra, sino a una crisis de acceso que muchos consideran fuera del alcance individual.
Uno de los comentarios más duros resumía esa percepción con una frase seca, al afirmar que los únicos jóvenes que pueden comprarse un piso donde quieren son los influencers. Otro defendía justo lo contrario y recordaba que, si un futbolista adquiere una mansión, la reacción pública no suele ser la misma.
Ruiz respondió desde un lugar parecido. Asegura que ni ahorrando todo su sueldo podría asumir una compra así y rechaza que se responsabilice a los creadores de un problema que, a su juicio, no está en su mano resolver.
"Amores, ni ahorrando todo mi sueldo podría. No nos responsabilices a nosotros de cosas que no están en nuestra mano" - Sandra Ruiz, influencer
Su discurso, de hecho, evita la idea de ascenso social limpio y sin matices. Ruiz llegó a decir que quien nace clase obrera, muere clase obrera, y también dejó una frase muy gráfica sobre el mercado actual al afirmar que ahora cualquier VPO es un chalé en La Barrosa.
La reforma también explica por qué la celebración llegó con matices
Lejos de enseñar una casa lista para entrar a vivir, Ruiz mostró una propiedad en mal estado y habló de un proceso largo. En el vídeo lo resumió con una mezcla de alivio y agotamiento al describir la compra como un parto completamente.
Además, la mudanza no será inmediata. La influencer calcula que la reforma durará un año y largo, con la esperanza de que no se alargue más.
Esa parte práctica cambia bastante la lectura de las fotos. La vivienda exigirá al menos un año largo de obras antes de estar lista, una realidad que rebaja la imagen de premio instantáneo y devuelve el foco a algo más pedestre, el coste, el tiempo y el desgaste que arrastra entrar en el mercado incluso cuando se logra entrar.
Entre la enhorabuena y el reproche quedó una frase que resume mejor que cualquier celebración la tensión de fondo. Ruiz desea que tener un hogar digno, estable y asequible deje de ser motivo de fiesta, pero la casa que acaba de comprar llega con una cocina dañada, un sótano sin escaleras y un año largo de reforma por delante.