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Odiar a los influencers ya no funciona solo como desahogo cultural. También sirve como una forma de ordenar el espacio público cuando las redes convierten un lugar tranquilo en un escenario y cuando la atención ajena pasa a tener valor económico.
Ahí encaja una frase que resume bien el tono de la discusión actual. No habla de métricas ni de campañas, sino de quién recibe el rechazo y cómo se expresa.
"Creo que odiar a los influencers se ha convertido en una forma socialmente aceptable de odiar a las mujeres" - una influencer
La frase es incómoda porque desplaza el foco. Ya no discute solo si el contenido cansa o si la exposición resulta excesiva, sino qué parte de esa hostilidad tiene que ver con la visibilidad femenina en internet.
Nantucket ya puso el conflicto en la calle con un cartel
En Nantucket, ya se ha instalado un cartel con el mensaje 'Prohibidos los influencers'. La escena tiene algo de síntoma porque convierte una queja difusa de internet en una prohibición visible, física y perfectamente fotografiable.
Al mismo tiempo, en los Dolomitas apareció otra reacción reconocible. Allí el malestar gira en torno a las multitudes impulsadas por las redes sociales, un efecto muy concreto de esa carrera por captar miradas.
Visto así, el problema no nace con TikTok ni con Instagram. El concepto de la economía de la atención se remonta a principios de la década de 1970, mucho antes de que un creador pudiera llenar un mirador con solo subir un vídeo.
La atención mueve dinero desde mucho antes del móvil
Tampoco es nueva la intuición comercial que sostiene buena parte de este sistema. La idea de que no hay mala prensa existe desde el siglo XIX, una antigüedad que ayuda a entender por qué la polémica sigue siendo útil cuando lo importante es no desaparecer de la conversación.
Por eso cuesta separar del todo al influencer del anuncio clásico. Cambian la plataforma, el tono y la cercanía aparente, pero la lógica de prestar imagen para vender un producto lleva décadas funcionando con rostros mucho más tradicionales.
George Clooney ha sido la imagen de Nespresso durante aproximadamente dos décadas. Y David Beckham apareció en 11 anuncios del Mundial este año, una cifra que ilustra hasta qué punto la celebridad sigue ocupando espacio publicitario incluso en eventos saturados de marcas.
La frontera entre celebridad e influencer ya casi no aguanta
La comparación se vuelve todavía más directa cuando los nombres cambian de circuito, pero no de función. Joe Rogan y la autora del texto han realizado anuncios para la misma empresa de electrolitos en polvo, una coincidencia que reduce bastante la distancia entre creador digital, figura mediática y prescriptor comercial.
Entonces la pregunta no es solo por qué molestan los influencers, sino por qué a veces irritan más que otros vendedores de atención. Clooney, Beckham, Rogan o una creadora de internet participan en una mecánica parecida, aunque el rechazo público no siempre se reparta de la misma manera.
David Beckham apareció en 11 anuncios del Mundial este año y, al mismo tiempo, en Nantucket alguien consideró necesario colgar un cartel de 'Prohibidos los influencers'. Entre una saturación publicitaria aceptada y una prohibición explícita cabe casi toda la contradicción de esta conversación.