La Feria de Sevilla 2026 volvió a llenarse de gente, pero esta vez una parte del foco no estuvo solo en las casetas o en el ambiente del Real, sino en la discusión sobre cómo las redes sociales están cambiando la manera de vivir y mostrar el evento.
Celebrada del 21 al 26 de abril en Sevilla, la cita reunió a miles de visitantes y reactivó un debate que ya no gira únicamente en torno a la fiesta, sino a su representación digital. La gran polémica de esta edición fue la llamada "invasión de influencers", una expresión que se ha usado para resumir el malestar de quienes ven en esta tendencia una pérdida de autenticidad y una transformación de la Feria en un escaparate pensado para la cámara.
Cuando la Feria deja de ser vivencia y pasa a ser contenido
Buena parte de las críticas apuntan a que algunos creadores de contenido convierten la Feria en un fondo visual, más que en una celebración con contexto propio. Ahí aparecen varias quejas concretas el beneficio económico que obtienen algunos perfiles, la masificación de los espacios más tradicionales y la sensación de que ciertos elementos culturales se usan fuera de su sentido original.
Uno de los puntos más repetidos tiene que ver con el traje. Para muchos sevillanos, no se está tratando como lo que es, sino como un recurso estético más. La crítica es clara hay quien lo entiende como un "outfit" o incluso como un "disfraz", y no como un traje con un valor cultural específico. En ese terreno surge también la acusación de "apropiación cultural" y de banalización de una tradición muy reconocible de la ciudad.
"Postureo" - Nombre no especificado, cargo no especificado de empresa no especificada
Las redes amplifican el debate y también sus contradicciones
La discusión ha sido impulsada por creadores de contenido sevillanos y por otros usuarios en redes sociales, que han cuestionado no solo la presencia de influencers, sino la forma en que algunos construyen ese relato visual. Una de las críticas más directas es que algunos posan en la Feria de Abril sin siquiera ir a lugares emblemáticos, lo que refuerza la idea de una representación superficial, desconectada del evento real.
El caso más llamativo mencionado es el de Lola Lolita, señalada por publicar fotos en Sevilla sin estar presente en la ciudad durante la Feria. Ese tipo de situaciones alimenta la percepción de que, para ciertos perfiles, la experiencia importa menos que la imagen final que se publica. No se discute solo quién va a la Feria, sino quién la convierte en contenido y con qué grado de autenticidad lo hace.
La tensión de esta edición ha estado entre tradición y tendencias. La Feria de Abril sigue evolucionando, como cualquier evento popular que convive con internet y con nuevas formas de exposición pública. Pero lo ocurrido este año deja una pregunta incómoda cuándo una celebración sigue siendo una tradición compartida y cuándo empieza a convertirse, sobre todo, en una escenografía pensada para circular en redes.