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La figura del profesor influencer ha dejado de verse solo como una rareza de TikTok para convertirse en un foco de choque dentro de la propia comunidad educativa. Jordi Martí, profesor, lanza una acusación frontal y muy poco matizada cuando los define como "traficantes de menores en TikTok".
Martí no discute una cuestión de estilo docente ni una forma de comunicar en redes. Lo que pone sobre la mesa es el uso de alumnos menores de edad como material de exposición pública para ganar notoriedad, monetizar y, en sus palabras, huir del aula poco a poco.
Jordi Martí carga contra quienes convirtieron la clase en escaparate
El profesor sitúa el problema en la transformación del aula en un escenario al servicio de una marca personal. Ahí no habla de una mala práctica aislada, sino de una lógica de promoción en la que los estudiantes quedan reducidos a recurso visual.
"Es bochornoso ver cómo el sistema premia al personaje que convirtió su clase en un plató y a sus alumnos menores en el atrezo de su marca personal. En lugar de estar inhabilitado o ante un juez por vulnerar la intimidad de niños, el tipo hoy vive de la fama digital". - Jordi Martí, profesor
La dureza del reproche no acaba en la exposición pública de los menores. Martí sostiene que algunos de estos creadores usan a los estudiantes para mercadear y vivir del cuento, con una mezcla de visibilidad, ingresos y prestigio digital que, a su juicio, desplaza por completo la función educativa.
Después afina aún más el tiro y describe un repertorio reconocible en plataformas como TikTok. No habla de clases grabadas sin más, sino de una puesta en escena diseñada para atraer atención y hacer crecer la cuenta.
"El modus operandi de este narcisismo es repugnante... bailecitos de moda con niñas menores haciendo los coros o lagrimita fácil ante la cámara para rascar el like. Mercadear con la vulnerabilidad de los menores para inflar el contador y llamar a las marcas". - Jordi Martí, profesor
También apunta a quienes aplauden ese modelo dentro y fuera de la escuela
Su crítica no se limita a los creadores de contenido. Martí extiende la responsabilidad a una sociedad que, desde su punto de vista, premia ese comportamiento, y a parte del profesorado que lo justifica con el argumento de que motiva al alumnado.
"Lo peor es la sociedad de mierda que tenemos, tan infantilizada que decide encumbrar a estos farsantes. Y encima, algunos docentes los defienden diciendo que motivan. No motivan a nadie. Han usado la escuela y a los menores como trampolín para escapar de ella". - Jordi Martí, profesor
Aquí aparece una tensión incómoda para cualquier debate sobre educación y redes. Una cosa es usar plataformas digitales para divulgar o conectar con estudiantes y otra muy distinta convertir la presencia de menores en combustible de una identidad pública rentable.
La acusación alcanza a la administración cuando tolera grabaciones con menores
Martí reserva otro golpe para las instituciones educativas. Entiende que existe una doble vara de medir cuando se vigila al docente por tareas burocráticas, pero se tolera a quien graba a menores en el aula para lucrarse.
"¿Y la administración? Persigue al profe real por el papeleo inútil pero tolera al que graba a menores en sus aulas para lucrarse porque, salvo que lo vean bien, no se entiende. Una complicidad institucional que da auténtico asco. El aula es para enseñar, no para monetizar". - Jordi Martí, profesor
No es una objeción menor. Si el aula funciona como espacio de enseñanza, la presencia de niños y adolescentes en vídeos pensados para circular en redes abre una discusión sobre intimidad, consentimiento y límites profesionales que Martí plantea de la forma más cruda posible.
Al final, su consejo también retrata el tamaño del enfado. "Al que quiera ser influencer, que venda cosméticos, que explique sus citas en Tinder o que se haga un canal de videojuegos, pero que deje las pizarras en paz", dice Jordi Martí, profesor, después de dibujar un modelo en el que la fama digital y la exposición de menores comparten el mismo encuadre.