De invitar influencers a vetarlos: el giro de un local en La Laguna reabre el debate del guachinche

Un local de La Laguna usó influencers para promocionarse y después les prohibió la entrada, en un contexto donde la etiqueta guachinche se desdibuja y algunos postres ya alcanzan los 9 euros.

17 de agosto de 2026 a las 09:09h
De invitar influencers a vetarlos: el giro de un local en La Laguna reabre el debate del guachinche
De invitar influencers a vetarlos: el giro de un local en La Laguna reabre el debate del guachinche

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Primero entraron los creadores de contenido y después llegó el cartel que les cerraba la puerta. Un local de reciente apertura en La Laguna ha prohibido la entrada a influencers tras haber utilizado precisamente a esos perfiles para promocionarse durante sus primeros días de actividad.

La contradicción retrata bastante bien una forma de promocionar bares y restaurantes que ya resulta habitual. Hoteles y locales de cierto nivel ofrecen cenas, estancias y experiencias gastronómicas a influencers para ganar visibilidad, aunque luego esa relación también puede tensarse cuando la exposición cambia el ambiente o la clientela que se quiere atraer.

La etiqueta de guachinche perdió control mientras el precio subió

Ahí aparece otra fricción que va más allá de un cartel en la puerta. Las autoridades públicas no regulan el uso del término guachinche para establecimientos que no lo son, de modo que la etiqueta convive hoy con cartas, precios y estrategias de promoción muy alejadas de la imagen tradicional que muchos clientes asocian a ese nombre.

En algunos menús ya no solo aparecen platos conocidos de la cocina canaria, también entran postres como los polvitos uruguayos. Ese cruce puede parecer menor, pero ayuda a entender hasta qué punto ciertos locales mezclan reclamo identitario, cocina vistosa y una presentación pensada para circular bien en redes.

En La Orotava, por ejemplo, un establecimiento sirve cochino negro, queso asado y ropa vieja de pulpo. La propuesta suena reconocible, pero el remate llega con los postres, que rozan los diez euros.

Uno de ellos no se queda en una cifra difusa, porque el Príncipe Alberto figura en carta con un precio de nueve euros. Cuando el dulce se acerca a ese umbral, la discusión ya no gira solo en torno a la tradición o al nombre del local, también pasa por lo que el comensal está dispuesto a pagar.

Las redes ayudaron a llenar mesas, pero también cambiaron la conversación

Durante años, la invitación a comer o a dormir gratis funcionó como una herramienta promocional bastante directa. El negocio ganaba alcance y el creador de contenido obtenía material para sus publicaciones, una fórmula que ahora convive con una fatiga cada vez más visible hacia la figura del influencer.

No sorprende entonces que un mismo local pueda apoyarse en esa difusión al abrir y, poco después, intente marcar distancias. El giro resulta evidente cuando el negocio pasó de usar creadores para darse a conocer a vetarlos en la entrada.

Esa escena no solo habla de marketing. También expone un cambio en la experiencia que se vende alrededor de la mesa, sobre todo cuando la comida, el nombre del establecimiento y hasta el postre terminan convertidos en parte de una escenografía donde la autenticidad compite con una lógica de escaparate.

Comer fuera cuesta más cuando el relato también entra en la cuenta

El problema no está solo en quién publica una foto del plato. También aparece cuando el envoltorio pesa tanto como la comida y cuando términos sin control público conviven con cartas donde los postres llegan a rozar los diez euros en algunos establecimientos.

Entre un cartel contra influencers en La Laguna, promociones pagadas con cenas y una carta que coloca un Príncipe Alberto en nueve euros, la discusión acaba aterrizando en algo mucho menos abstracto que la fama en redes. El comensal se sienta buscando una comida concreta y sale haciendo cuentas.

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