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Wafae Atid llegó a Ceuta el 30 de julio y, veinte días después, seguía durmiendo al aire libre. Tenía 28 años, decía haber roto con el Islam y repetía una idea que atraviesa su salida de Marruecos con más fuerza que cualquier consigna económica. Su familia le impidió estudiar, viajar y decidir cómo vestir.
Su destino ideal no era abstracto. Quería Barcelona, papeles y un trabajo en hostelería. También quería algo más básico y más difícil de medir, que la trataran como a cualquier ciudadana del país al que lograra llegar.
"Las mujeres tienen que quedarse en casa" - Wafae Atid, migrante de 28 años
En su relato, la frontera no aparece solo como una línea entre dos territorios. Aparece como una salida posible a un entorno donde, según contó, ni siquiera podía decidir sobre su ropa o su formación.
Europa aparece como libertad, aunque el terreno diga otra cosa
Tarik Sabry, investigador de la Universidad de Westminster, estudió cómo internet influye en los proyectos migratorios de jóvenes marroquíes y detectó una dimensión simbólica persistente. Europa funciona en ese imaginario como representación de autonomía y consumo.
Esa idea ayuda a entender por qué el viaje no siempre parte del hambre extrema ni de la falta absoluta de recursos. A veces arranca de otra carencia, menos visible y más áspera en la vida diaria, que tiene que ver con moverse, elegir y decidir.
Ahí encaja la lectura de Mehdi Alioua, sociólogo y profesor de Sciences Po Rabat, cuando describe la precariedad de muchos jóvenes marroquíes como ausencia de movilidad. No habla solo de dinero. Habla de margen de acción.
Hein de Haas formuló el marco de aspiraciones y capacidades con una idea incómoda para muchos tópicos sobre migración. Para migrar hacen falta recursos, redes, información y cierta capacidad de maniobra.
Los perfiles de Wafae complican el retrato fácil de la pobreza
Sus perfiles públicos muestran estudios en Dubái, experiencia laboral como modelo y en hostelería, además de viajes a países del Golfo. En redes sociales publicó una frase que resume bien su forma de presentarse. "La vida sin libertad es miserable".
Junto a esa frase aparecían fotografías en Burj Khalifa y una imagen posando con un retrato de Mohamed VI. Ese rastro digital complica la mirada rápida que reduce toda migración irregular a miseria uniforme y sin matices.
"Diría que el 50% de los que emigraron y entraron en Ceuta están económicamente mejor que yo. Yo soy más pobre que algunos de ellos. Hay personas que tienen restaurantes y cafeterías, y que entraron en Ceuta" - Wafae Atid, migrante de 28 años
Su respuesta iba dirigida a quienes cuestionaban su derecho a marcharse por haber viajado o por mostrar una vida privada menos precaria de lo esperado. El reproche de fondo resulta conocido. Si alguien pudo moverse antes, muchos asumen que ya no tiene motivos para huir.
Wafae Atid defendió que buscaba seguridad y una mentalidad parecida a la suya. En esa explicación conviven dos planos que a menudo chocan en el debate público, el nivel económico y la necesidad de escapar de un entorno que percibe como opresivo.
Ceuta ofreció una llegada dura incluso para quienes esperaban refugio
A finales de julio entraron en Ceuta 80.000 migrantes. La cifra ayuda a entender por qué la experiencia sobre el terreno se alejó tan rápido de cualquier expectativa idealizada sobre la acogida.
Mounim Belhaj, peluquero canino con 31.000 seguidores en redes sociales, puso voz a ese impulso previo al viaje. Contó que las imágenes del trato dispensado a migrantes en España animaron mucho a dar el paso.
"Los medios españoles mostraban un buen trato a los migrantes que llegaban a España y eso nos animó mucho a ir" - Mounim Belhaj, peluquero canino
Después llegó la corrección brusca de la realidad. Belhaj regresó y resumió la experiencia con una frase seca que desmonta cualquier lectura romántica del cruce.
"Cometimos un error al ir. Solo había hambre" - Mounim Belhaj, peluquero canino
Wafae Atid describió además un campamento de mujeres marcado por el miedo nocturno. Habló de hombres que intentaban atacar a las chicas por la noche y de persecuciones incluso al ir al baño.
"Esto está muy mal… Muchos tipos intentan atacar a las chicas todas las noches. A veces cuando vas al baño, te siguen" - Wafae Atid, migrante de 28 años
Visto desde fuera, el contraste resulta difícil de ignorar. La promesa de libertad convivía con veinte días durmiendo al aire libre y con un campamento donde, según su testimonio, ni siquiera ir al baño ofrecía tranquilidad.