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Un cartel colgado en verano de 2026 en el guachinche Casa Aguere, en La Laguna, Tenerife, abrió una discusión que va bastante más allá de una mesa reservada. El local vetó la entrada a influencers para frenar las peticiones de comidas gratis y el gesto encendió un debate incómodo sobre promoción, pagos y reglas básicas entre restaurantes y creadores.
El 13 de agosto de 2026, dieciocho voces del entorno gastronómico murciano tomaron ese caso como punto de partida para medir hasta dónde llega el cansancio del sector y dónde empieza el trabajo profesional de quien recomienda sitios en redes.
El veto en Tenerife destapó un problema que muchos ya daban por agotado
No todos defendieron el cartel. Encarna Talavera, presentadora e influencer, puso el foco en la diferencia entre rechazar un servicio y señalar a un colectivo entero.
"Una cosa es no contratar sus servicios y otra muy distinta pensar que por serlo no pueden sentarse a comer y pagar como cualquier otro cliente". - Encarna Talavera, presentadora e influencer
La objeción no iba solo por la forma. Juan Antonio García Gil, presidente de Jecomur, y Javier Cadario, de Cucü Food Experience, recordaron que el derecho de admisión no puede aplicarse de manera arbitraria ni vulnerar derechos fundamentales.
Ambos plantearon una alternativa mucho más precisa para cualquier puerta de entrada. Su propuesta resultó bastante menos bronca y bastante más útil para el negocio, con un mensaje directo al bolsillo y a las expectativas del cliente.
"No se realizan colaboraciones ni canjes; todo cliente abona su cuenta". - Juan Antonio García Gil, presidente de Jecomur, y Javier Cadario, de Cucü Food Experience
Muchos creadores admiten que pedir gratis dañó a quienes sí trabajan con reglas
Parte del debate más duro salió de los propios perfiles dedicados a gastronomía. Anabel Hernández, creadora de contenido de @miraqueplan y @cómetemurcia, marcó distancia con esa práctica y defendió una relación mucho más cuidadosa con la hostelería.
"Nunca he escrito a un negocio para solicitar una colaboración; le tengo mucho respeto al sector". - Anabel Hernández, creadora de contenido de @miraqueplan y @cómetemurcia
Mariano Espinosa, creador de contenido de @acholand_ con casi seis años de trayectoria, fue bastante más tajante con quienes buscan consumiciones a cambio de promesas vagas de visibilidad. Antonio Sánchez, del perfil Comer, Viajar y Nada Más, activo desde 2017, fijó una línea sencilla de entender para cualquier lector y para cualquier hostelero.
"Si a un restaurante no iría pagando, tampoco voy invitado". - Antonio Sánchez, creador del perfil Comer, Viajar y Nada Más
Espinosa llegó a llamar «estafadores» a algunos perfiles y avisó de un daño que no siempre se ve a primera vista. Cuando un restaurante prueba una colaboración, no obtiene retorno y sale escaldado, también pierde confianza en quienes sí convierten audiencia en reservas.
La cuenta de resultados no siempre sigue al número de seguidores
Ahí aparece una de las contradicciones más interesantes de todo el debate. El problema no es solo quién cobra o quién invita, sino cómo medir si una recomendación sirve para llenar mesas.
Cándido Morales, del Restaurante Arraigo, lo resumió con una idea que desmonta bastante humo alrededor de las métricas. A veces un perfil con menos seguidores termina generando más reservas que otro con 300.000, algo que obliga a mirar menos el escaparate y más el resultado real.
Nacho Abellán, del Restaurante Hispano, rechazó que el cartel de Tenerife metiera a todos en el mismo saco. A su juicio, esa decisión arrambla con un colectivo que muchas veces trabaja de forma profesional y puede funcionar como una catapulta para un restaurante.
Javier Gracia, de La Bodeguita de Javi, dejó una frase que resume bastante bien el punto de equilibrio que persigue el sector. La relación entre hosteleros y creadores no desaparece, pero cambia el marco en el que se negocia.
"Estamos condenados a entendernos, pero sin chantajes". - Javier Gracia, de La Bodeguita de Javi
La publicidad encubierta ya no cabe en una colaboración improvisada
Además del desgaste comercial, el debate tocó una frontera legal que ya no admite demasiadas ambigüedades. Maggie Dickmann, de Murcia Secreto, recordó que ocultar una transacción comercial sin la etiqueta #publi constituye una infracción grave bajo la Ley de Servicios Digitales europea y las normas de AUTOCONTROL, con sanciones citadas por la CNMC en 2026.
Belén Pardo y Tomás Martínez Pagán, presidente de FREMM, defendieron una regla bastante terrenal. El creador serio come, paga, opina y factura, mientras que quien busca compensaciones en negro debe asumir la misma normativa fiscal y mercantil que cualquier empresa.
Alberto Requena, presidente de la Academia de Gastronomía de la Región de Murcia, ordenó el debate en tres obligaciones concretas. El restaurante no debe pagar por miedo y el consumidor debe saber cuándo hay publicidad, una fórmula que también descarta la exigencia de gratuidad por parte del influencer.
La discusión ya no gira sobre invitaciones sino sobre contratos y transparencia
Pablo González-Conejero, de La Cabaña Buenvista con dos Estrellas Michelin, defendió que cualquier persona que reserva, come y paga puede contar después lo que quiera. En esa visión, el foco deja de estar en la publicación y pasa a estar en cuánto valor concede el público a quien recomienda.
Al final, el consenso entre los dieciocho participantes fue bastante concreto y nada abstracto. El modelo de canje gratuito ha terminado y ahora mandan las tarifas pactadas, los contratos mercantiles y la etiqueta #publi.
Eso deja una imagen muy clara del momento actual. Entre el cartel de un guachinche de Tenerife y las mesas de restaurantes que sí convierten publicaciones en reservas, la línea aceptable ya no pasa por comer gratis, sino por pagar la cuenta o firmar un trabajo en regla.