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Lo más fácil sería mirar este proyecto como un curso de tecnología para mayores. Lo que ocurre en Canarias va bastante más allá. Influsenior ha reunido a 200 personas de los siete Centros de Día de Mayores del Archipiélago y las ha colocado delante de una cámara, una pantalla y unas redes que muchas veces se describen como terreno ajeno.
La Dirección General de Mayores y Participación Activa de Canarias lo ha puesto en marcha a través del Plan Maresía, pero el interés real aparece cuando uno baja al uso cotidiano. Aquí la tecnología no entra como un fin en sí mismo, sino como una herramienta para hablar con la familia, perder el miedo y ganar presencia en espacios donde suele asumirse que la edad ya llega tarde.
Cuando aprender tecnología también sirve para discutir un prejuicio
Loly González, de 84 años, rompe esa idea con bastante facilidad. Ha sido mecanógrafa y taquígrafa, ha escrito cinco libros, uno de ellos traducido al braille, fue soprano en la coral universitaria durante diez años y lleva 25 años como guía de museo, además de ejercer como voluntaria en paliativos y oncología.
En 2024 recibió el Premio a la Solidaridad de Tenerife. Su relación con las herramientas digitales tampoco parte de cero, aunque su forma de contarlo tiene algo más gráfico que cualquier manual técnico.
"Era un aparato que se llamaba teletipo una máquina de escribir en la que es como si estuvieras escribiendo un WhatsApp, pero a través del teclado de la máquina" - Loly González
Esa comparación entre un teletipo y WhatsApp no suena a nostalgia, sino a continuidad. La distancia entre generaciones tecnológicas parece menor cuando quien habla ya había convivido con otras formas de comunicación mediadas por máquinas mucho antes del móvil.
Después lo resume con una imagen mucho menos técnica y bastante más precisa sobre lo que significa aprender a usar estas herramientas a cierta edad. Para Loly González la tecnología es abrir una ventana para ver amanecer.
Rosa Blanco encontró en la cámara algo más que una pantalla
También Rosa Blanco, de 71 años, coloca el foco en un detalle muy práctico. No habla de dispositivos, ni de menús, ni de funciones escondidas. Habla de aprender a dirigirse a otros.
"Aprendí a expresarme un poco mejor, porque no estás acostumbrada a hablar con una máquina. Aprendí a mirar a la cámara para poder dirigirme a la familia, a los nietos... que no sea solo a través del teléfono" - Rosa Blanco
Ahí aparece una barrera que suele pasar más desapercibida que la conexión o el teclado. No basta con tener acceso a una herramienta si uno no sabe cómo habitarla, cómo mirar a cámara o cómo convertir una videollamada en una conversación menos fría.
Rosa Blanco además practica Al Golpito y su equipo quedó segundo en Tenerife en las Neurolimpiadas. Cuando dice "me voy al cole" para explicar cómo organiza sus días, lo que transmite no es una pose, sino una rutina de aprendizaje incorporada a la vida diaria.
Su relación con las redes también tiene algo de desafío doméstico y muy reconocible. "¡Búscame en las redes y verás!", dice con una seguridad que desmonta la caricatura del mayor desconectado.
El proyecto no solo enseñó a usar herramientas, también cambió quién enseña
Influsenior deja otro dato menos habitual y quizá más interesante. Los mayores participantes enseñaron informática y a redactar currículos a jóvenes que estaban a punto de salir de prisión.
Ese giro cambia el papel tradicional de este tipo de iniciativas. Los participantes mayores pasaron de aprender a enseñar informática y currículos, algo que desplaza la imagen del alumno pasivo y los coloca como personas útiles en un entorno donde su experiencia cuenta.
Loly González lo formula sin rodeos cuando responde a un prejuicio muy extendido sobre la vejez.
"Hay gente que piensa que ya no servimos para nada. Eso no es verdad, el que diga eso se equivoca" - Loly González
Su caso ayuda a entender por qué esa frase no suena defensiva. Usa videoconferencias para comunicarse con su hijo, que reside en Yakarta, y ese detalle vuelve a llevar la conversación al terreno de lo concreto, donde la utilidad de la tecnología deja de ser abstracta y pasa a medirse en kilómetros y afectos.
Rosa Blanco lo explica desde otro ángulo, más cercano al bloqueo inicial que mucha gente reconoce antes de tocar una pantalla nueva por primera vez.
"Lo que no se conoce da miedo, pero luego parece todo tan sencillo que dices pero por Dios cómo pensaba antes que esto era tan difícil" - Rosa Blanco
Más adelante va un paso más y pone el dedo en una contradicción incómoda. "Nos estamos aislando nosotros mismos no queriendo entrar o aprender esto", afirma.
Entre los 200 participantes de los siete centros hay una idea que pesa más que cualquier tutorial. La brecha no siempre nace de la falta de capacidad. A veces empieza en el miedo a entrar, y termina justo cuando alguien se atreve a mirar a cámara, abrir una videollamada o decir con naturalidad que hoy toca clase.