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Comprar un móvil barato en 2026 ya no obliga a aceptar una pantalla mediocre. Samsung mete paneles OLED en el Galaxy A16 por menos de 300 dólares, mientras Motorola sigue usando LCD en modelos de precio parecido y deja la tecnología pOLED para escalones más altos.
Ahí aparece el problema de fondo. En una gama donde muchos usuarios miran primero la pantalla y la duración útil del teléfono, Motorola mantiene decisiones que empiezan a pesar más que un simple recorte técnico.
Motorola repite una fórmula que ya no parece suficiente
El Moto G de 2025 monta el procesador MediaTek Dimensity 6300 y, como ocurre en variantes de entrada recientes de la marca, parte de 4 GB de RAM. Sobre el papel cumple, pero la cifra encaja más con una estrategia conservadora que con una ofensiva clara en la gama asequible.
No ayuda que la comparación sea cada vez más visible. Si un rival directo ya ofrece OLED por debajo de los 300 dólares, el uso de LCD en Motorola deja de parecer un detalle y pasa a sentirse como una renuncia en el uso diario.
Además, las tasas de refresco de 120 Hz y 90 Hz ya no bastan por sí solas para marcar diferencias. La fluidez importa, claro, pero el tipo de panel también cambia cómo se ven los negros, el contraste y el consumo percibido en el día a día.
La cámara suma sensores, pero no siempre suma utilidad
Otro rasgo repetido en los modelos analizados está en la fotografía. Las configuraciones incluyen un sensor macro de 2 MP, un añadido muy común en esta gama que suele engordar la ficha técnica mucho más de lo que mejora la experiencia real.
Frente a eso, el Moto G Power de 2026 apuesta por una combinación más directa, con lente principal y ultra gran angular. Ese cambio resulta más fácil de entender para quien usa el móvil a diario, porque amplía escenas y resuelve más situaciones que una cámara macro modesta.
Las actualizaciones colocan a los Moto G en una posición incómoda
Donde la distancia se nota de verdad es en el soporte. Mientras otras marcas prometen hasta siete años de actualizaciones de Android en sus modelos premium, los Moto G recientes garantizan al menos dos años.
Dicho de otro modo, la vida útil prometida por software queda muy por debajo de lo que ya ofrece el mercado en sus segmentos más ambiciosos. Para un comprador que no cambia de móvil cada poco tiempo, esa diferencia pesa casi tanto como la pantalla o la batería.
Una encuesta pequeña de seis votos refleja bien esa relación ambigua con la familia Moto G. El 50 % sí la recomendaría, el 33 % lo haría solo si Motorola mejora, el 0 % dice que elegiría otra marca y el 17 % nunca ha tenido uno.
Son apenas seis votos, pero dejan una imagen curiosa. La mitad todavía ve motivos para recomendar un Moto G, pero un tercio ya pone condiciones, y esa mezcla encaja con una gama que sigue siendo reconocible, aunque cada vez tenga más difícil justificar recortes como los 4 GB de RAM, el LCD y solo dos años de soporte.