Los influencers virtuales ya no son una rareza: son perfiles creados digitalmente que acumulan millones de seguidores, atraen marcas y empiezan a formar parte de una industria propia.
La idea es sencilla de entender y más compleja de valorar. Estos personajes, generados mediante inteligencia artificial o animación, se presentan en redes como si fueran creadores convencionales, aunque no son personas. Publican fotos, cuentan viajes, enseñan rutinas y colaboran con marcas con una naturalidad calculada. La diferencia es que detrás no hay una vida real, sino una estrategia creativa y comercial mucho más controlada.
Qué hacen estos perfiles y por qué interesan a las marcas
El caso más conocido es Lil Miquela, avatar creado por la agencia californiana Brud. Lleva una década activa como narrativa ficticia diseñada para comportarse como una influencer tradicional y colaborar sobre todo con marcas de moda. Su alcance no es menor: supera los 2,5 millones de seguidores en Instagram y en 2023 fue incluida por Time entre las 25 personas más influyentes de internet.
En España, uno de los ejemplos más visibles es Aitana López, una modelo virtual que supera los 300.000 seguidores. Su contenido replica el lenguaje habitual de muchas cuentas de estilo de vida: entrenamientos, viajes y colaboraciones con marcas de ropa de renombre. Incluso el tono de sus publicaciones está pensado para sonar cotidiano, con mensajes como “Después de haber visitado Sevilla no me podía perder la Feria de Abril”. En la práctica, el usuario se encuentra con una cuenta que se consume casi igual que cualquier otro perfil aspiracional de Instagram.
Ahí está precisamente la clave de su funcionamiento. No resuelven un problema práctico como lo haría una app de productividad o de mensajería, pero sí cumplen una función muy concreta dentro del ecosistema digital: ofrecer personajes totalmente moldeables para campañas y contenidos. Un análisis de Harvard Business Review sobre marketing de influencia apunta que las empresas buscan cada vez más perfiles que reduzcan el riesgo reputacional y permitan una mayor coherencia narrativa en campañas globales. Dicho de otro modo, una marca puede controlar mejor el relato cuando el rostro de la campaña no tiene vida propia fuera del guion.
Una industria en crecimiento, pero con rechazo entre los creadores
El fenómeno ya ha dejado de ser experimental. Existen empresas y creadores, también en España, dedicados en exclusiva a la gestión y creación de estos perfiles. Incluso hay herramientas orientadas a industrializar el proceso. Influencer Farm, por ejemplo, permite diseñar un avatar desde cero y generar contenido en cuestión de minutos. Eso rebaja barreras de entrada y convierte lo que antes parecía una operación compleja en un sistema mucho más accesible para agencias y proyectos comerciales.
Las previsiones económicas apuntan además a un crecimiento fuerte. Datos de Market.us Scoop citados por la Universitat Oberta de Cataluña sitúan el mercado global de influencers virtuales en un posible valor de 170 millones de dólares en 2034, con un crecimiento anual cercano al 40 %. Es una cifra que sugiere impulso, aunque no necesariamente aceptación cultural plena.
Y ahí aparece el principal freno. Un estudio de Cyberclick basado en encuestas a creadores de contenido en España muestra un rechazo claro. El 72 % de los influencers encuestados prefiere a creadores reales, ninguno considera que los virtuales sean una innovación positiva para la industria y solo una minoría, en torno al 16 %, reconoce cierta curiosidad, aunque sin consumir este tipo de perfiles de forma habitual. Es decir, el interés empresarial crece más rápido que el entusiasmo de quienes viven del sector.
Para el usuario común, la cuestión no es si estos perfiles son técnicamente impresionantes, sino si aportan algo distinto a la experiencia diaria en redes. De momento, funcionan más como una evolución del marketing de influencia que como una transformación real de lo que uno busca al abrir Instagram. Son útiles para las marcas porque permiten controlar mejor la imagen y el mensaje, pero para buena parte del público siguen siendo personajes vistosos con una autenticidad difícil de comprar.